


Tres luces respiraban despacio entre las enredaderas de plata, casi apagadas del todo. Sofía se quedó quieta, escuchando ese silencio que también dormía. Sobre el jardín flotante, la noche entera cabía por fin en tres cunas de nube.
Ejemplar único. Tuyo para siempre.
Una historia de Lumora
impreso para Sofía
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Sofía recogió a la estrellita contra el pecho, casi sin peso, como una brasa fría. Dejó de temblar apenas sintió la franela, y un brillo diminuto le subió por los dedos. Con las dos manos la bajó despacio hasta la última cuna, la más pequeña de todas.


Quedaba una sola estrellita, casi nada, temblando bajo una hoja plateada. Sofía se arrodilló despacio, y algo brilló entre las venas de la hoja, como un frío pequeño pidiendo abrigo. «Un soplo de bruma, un nido de nube, y la noche se duerme», susurró, buscando la más pequeña con las manos abiertas.


Bajo la manta de vapor, la estrellita azul soltó un suspiro casi sin ruido. Su chispa se fue apagando, despacio, como quien cede al sueño sin querer confesarlo. Después se hundió en la segunda cuna, quieta al fin entre la niebla tibia.


Sofía juntó hebras de niebla entre los dedos, casi nada, apenas un frío blando. Con ellas tejió una manta delgada, del color exacto de la calma. La estrellita azul dejó de chispotear un segundo, como si algo tibio le hubiera rozado el brillo.


Entre las ramas, algo azul brincó de una enredadera a otra, sin ganas de quedarse quieto. Sofía susurró la vieja frase, casi para sí misma: «Un soplo de bruma, un nido de nube, y la noche se duerme». Pero la estrellita azul chispoteó dos veces, como diciendo que no.


Algo casi sin peso se dejó caer en la cuna, como quien por fin encuentra su sitio. La estrellita dorada dobló las puntas y hundió el brillo entre la bruma. Su luz, tan filosa antes, bajó a un resplandor de vela — casi un ronroneo de fuego pequeño.


Sofía juntó un poco de bruma fresca entre las manos, despacio, casi sin querer despertarla. Con los dedos fue doblando el borde de la cuna, un pliegue y otro más. Algo en el aire se quedó quieto, como si la nube esperara.


Algo se movió arriba, casi un suspiro de luz. La Luna Creciente, curvada como una hamaca blanca, miró a Sofía y no dijo nada al principio. —No se atrapan las estrellas —dijo por fin—. Se les hace un lugar quieto para caer.


Sofía extendió las dos manos hacia la primera estrellita, casi dorada, casi tibia. Pero la chispa se escurrió entre sus dedos como agua de luz. "Un soplo de bruma, un nido de nube, y la noche se duerme", susurró Sofía, aunque la estrellita ya brincaba lejos, entre las enredaderas.


Tres cunas de algodón esperaban vacías entre las enredaderas. Las estrellitas brincaban alrededor, esquivas, como si el juego apenas comenzara. ¿Quién dormiría primero — la dorada, la azul, o esa pequeñita que casi ni se veía?


Sofía puso el pie en una nube y esta aguantó, casi como si la esperara. Alrededor crecían enredaderas de plata, con lucecitas que respiraban despacio entre las hojas. ¿Desde cuándo existía un jardín ahí arriba, justo debajo del cielo violeta?

para Sofía
Una historia de Lumora
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