


Quedaba un farolillo, casi un descuido, atado a un gancho de piedra en la chimenea. El gatito estiró la pata, dudó, y lo soltó al vacío. Subió despacio, una última chispa entre las mil ya doradas, y Tomás sonrió sin saber muy bien por qué. Algo, allá arriba, seguía encendido.
Ejemplar único. Tuyo para siempre.
Una historia de Lumora
impreso para Tomás
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Uno a uno, después cien, después mil, los faroles subieron desde los tejados del valle. El cielo entero pareció respirar oro sobre las montañas dormidas. Tomás, quieto en el borde de piedra, ya no sabía cuál lucecita era la suya. Quizá ya no importaba.


Abajo, algo parpadeó. Una ventana, después otra, como ojos que se abrían despacio en la oscuridad. Tomás contuvo el aire: ¿lo habían visto? Punto por punto, todo el valle empezó a responderle con pequeñas luces temblorosas.


Tomás abrió las manos y dejó ir el farol. Subió despacio, casi dudando, como si probara el aire antes de confiar en él. La luz dorada tembló, creció, y se hizo pequeña contra la luna de plata. Algo en el pecho de Tomás subió con ella.


Tomás se arrodilló sobre la piedra fría, junto al gatito que ya no temblaba. Con los dedos casi torpes, deshizo el cordón de seda roja que ataba el farol. Lo alzó despacio sobre la cabeza, y algo en su pecho se aflojó, como una puerta que llevaba cerrada meses. La luz dorada tembló contra el cielo negro, esperando.


Bajo el abrigo, la luz de Tomás apenas era un susurro dorado. Ahí abajo, tantas casas a oscuras... tanta gente esperando algo que no llegaba. Quizá guardar la luz para él solo era dejar el valle entero a ciegas. El farol, pensó, no era suyo si nadie más podía verlo.


Desde el borde del tejado, Tomás se asomó al valle. Cientos de casas dormían allá abajo, negras como piedras sin nombre. Ni una ventana encendida, ni un candil, ni una brasa — solo formas quietas esperando algo que quizá ni sabían esperar. El gato se pegó a su bota, y ambos miraron ese silencio tan oscuro que casi tenía sonido.


El último escalón se abrió a una terraza de piedra, ancha y quieta como el lomo de un animal dormido. El aire olía a pino y a humo de leña, casi a algo más, algo sin nombre todavía. El gatito se detuvo junto a las botas de Tomás, las orejas tiesas hacia la noche. Ninguno de los dos dijo nada — no hacía falta.


El gatito maulló, casi un hilo de voz, y no quiso dar ni un paso más. Algo en la oscuridad parecía moverse — quizá solo era el frío. Tomás bajó el farol hasta las piedras, justo a la altura de las orejas del gatito. Así subieron los dos, muy despacio, dentro de aquel círculo pequeño de luz.


Algo bajó silbando por el callejón, casi un aliento frío con forma de viento. El último farol de la calle parpadeó una vez y se apagó del todo. Tomás se detuvo en el escalón, y la piedra entera pareció tragarse la noche. Solo quedó su luz, pequeña y dorada, temblando contra el pecho.


Tomás apretó el paso, escalón tras escalón, con el farol pegado al pecho. Detrás, algo maullaba, casi un hipo, y buscaba colarse bajo su suéter, junto a la luz tibia. —Un paso más y la luz es mía —dice Tomás, y no miró atrás. Pero sintió el frío hociquito rozándole las costillas, insistente como una pregunta.


Algo se movió bajo una puerta de madera, casi nada, apenas una sombra con hambre de luz. Un gatito flaco asomó el hocico hacia el farol y dio un paso, y luego otro. Maulló bajito, como quien pregunta sin palabras si puede acercarse al calor. Tomás sintió las pisadas diminutas pegadas a sus talones, escalón tras escalón.


Los escalones de piedra subían casi a oscuras, gastados por mil pisadas antiguas. Tomás puso un pie, luego otro, apretando el farol contra el pecho como quien guarda un secreto. Cada peldaño sonaba distinto bajo sus botas, casi hueco, casi vivo. —Un paso más y la luz es mía —dice Tomás, y sonrió para nadie, en la escalera vacía.


Al pie de la escalera de piedra, Tomás apretaba el farol contra el pecho, bajo el abrigo. Casi nadie salía a esas horas, cuando el pueblo entero olía a frío y a piedra vieja. Algo en la luz amarilla temblaba despacio, como esperando la primera pisada. Tomás miró los escalones que subían hacia la oscuridad y puso el pie en el primero.

para Tomás
Tomás sube un farol de papel por la escalera de piedra sin saber que su luz cambiará toda la noche.
Una historia de Lumora
impreso para Tomás



