


Aurio abrió las alas y subió derecho hacia el sol, con la corona ardiendo como una promesa cumplida. Abajo, en el reino del río, cientos de campanas de bronce despertaron en los tejados, una tras otra, como si cada casa quisiera decir gracias. Mateo se sostuvo del cuello dorado y sintió el calor nuevo pegado a la espalda. Ni una sola pluma apagada quedaba ya — solo luz, y campanas, y la mañana entera abriéndose paso.
Ejemplar único. Tuyo para siempre.
Una historia de Lumora
impreso para Mateo
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Mateo abrió las manos y dejó caer la semilla justo en la crestita apagada, sin fallar por un pelo. Aurio contuvo el aliento un instante, como quien espera estornudar. Entonces la llama rugió de puro gusto y una corona dorada estalló hacia arriba, envolviendo al fénix entero en un calor de mediodía. A Mateo se le chamuscaron las cejas de la sorpresa, pero no le importó nada.


Con la semilla apretada en el puño, Mateo trepó por el ala dorada de Aurio, firme como una escalera de plumas. El fénix, ya con más aliento, alzó el cuello despacio y bajó la frente hasta rozar las botas del niño. Mateo se plantó entre las dos cejas de brasa, muy derecho, sin mirar hacia abajo. Aurio esperó quieto, con los ojos entornados, como quien confía la última cerilla a manos pequeñas.


La semilla despertó entre sus dedos, terca como una brasa que no quiere apagarse. Un brillo subió por los árboles de cristal, rama por rama, hoja por hoja. Cada hoja soltó una nota diminuta, como si el jardín entero fuera una campana de bolsillo. Mateo se quedó quieto, sin atreverse ni a respirar fuerte, no fuera que el sonido se le escapara de las manos.


Mateo estiró dos dedos, despacio, como quien roba una galleta sin despertar a nadie. La bellota cedió sin resistencia, tibia como piedra de julio olvidada al sol. Un destello amarillo le subió por la muñeca y le llenó las manos enteras. —Te tengo —susurró, y ni el viento se atrevió a llevarse la frase.


Mateo avanzó de puntillas, sin espantar ni una pluma. Entre el oro del pecho de Aurio, justo donde el viento se enroscaba como un gato dormido, brillaba una bellota diminuta, tibia y dorada. No estaba en ninguna torre lejana: había estado ahí, latiendo despacio, todo el tiempo.


Con las manos vacías, Mateo se quedó quieto y respiró hondo. El viento silbaba raro, no hacia afuera, sino en vueltas y vueltas alrededor de Aurio, como un perro persiguiendo su cola. —La flor lejana era solo aire —dijo Mateo, mirando fijo el pecho dorado del ave—. La semilla siempre estuvo contigo.


Mateo agarró una rama seca de cristal y la clavó contra el borde, como si fuera una pértiga de circo. Trepó un palmo, dos palmos, con los dientes apretados de puro empeño. Entonces la rama crujió, se partió en tres pedazos, y la flor del duende se deshizo en un vapor azul que se perdió en el vacío. Mateo se quedó con las manos vacías y llenas de escarcha.


Sin bufanda y sin flor, Mateo aterrizó de bruces en un nivel más bajo del jardín. Desde el centro del prado llegó un graznido flojito, como de brasa que se apaga. —El viento se lleva mi luz, Mateo —dijo Aurio, y sus plumas doradas colgaban ya sin brillo—. No queda mucho tiempo.


—Te cambio mi bufanda por la flor, caballerito de vidrio —propuso Mateo, estirando la lana tibia. El duende ladeó la cabeza, dudó un segundo delicioso, y sacudió la pasarela helada con un talón puntiagudo. La bufanda voló hacia la niebla como un pájaro rojo sin permiso. Mateo resbaló y cayó, dando tumbos, a un nivel más bajo del jardín.


Mateo corrió hacia una torre de flores que brillaban como faroles pequeños. Justo antes de tocar el capullo, algo saltó de una rama con las alas de vidrio tintineando. Era un Duende de Cristal, y en dos zarpazos arrancó la flor y salió disparado hacia arriba, riéndose como quien acaba de hacer una travesura de las buenas. Mateo se quedó con la mano estirada y el ceño fruncido, sin pensar todavía en rendirse.


Aurio plegó las alas y aterrizó despacito sobre una isla de hierba azul, con árboles de cristal que flotaban como si nadie les hubiera avisado del peso. Mateo saltó del lomo dorado, y el suelo crujió bajo sus botas como un puñado de canicas de vidrio. Se quedó quieto un segundo, escuchando aquel crac-crac tan raro. Ni un jardín normal, pensó, se atreve a sonar así.


Aurio frenó el vuelo y torció el cuello largo hacia atrás, con cara de abuelo preocupado. —La corona se apaga antes del mediodía —dijo, mostrando las plumas ya sin brillo—. Necesitamos la semilla de luz del jardín flotante. Mateo tragó saliva y apretó las rodillas contra el lomo tibio del ave.


Mateo iba agarrado a las plumas de Aurio, el fénix dorado, volando sobre un mar de nubes color melocotón. El calor de las plumas le subía por las manos como si abrazara una taza de chocolate caliente. Sobre la cabeza del ave, la corona de fuego chisporroteaba débil, una chispa, luego otra, como una vela que dudaba. Mateo no lo sabía todavía, pero esa duda era el primer aviso de la mañana.

para Mateo
Mateo vuela sobre un gran fénix dorado para salvar su corona de fuego antes de que caiga la noche.
Una historia de Lumora
impreso para Mateo



