

Mia se metió de nuevo bajo sus propias mantas, y sintió su peso envolviéndola como un abrazo retenido. Afuera de su ventana, las estrellas brillaban serenas, la luna descansaba y el bosque estaba en calma. Cerró los ojos, y el mundo entero, bien arropado, respiró despacio junto a ella.
Ejemplar único. Tuyo para siempre.
Una historia de Lumora
impreso para Mia
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Mia tomó el último trozo ancho de nube y lo tendió con delicadeza sobre el hombro curvo y pesado de la luna. Se acomodó como un edredón azul plateado, suave y cercano. Ella se inclinó y le dio a la luna un beso de buenas noches.


Mia dobló la neblina por las esquinas, con mucho cuidado, igual que cuando arropaba al Oso cada noche. Cada estrella se deslizó a su pequeño rincón tibio y dejó de parpadear tan agitada. Una a una, se fueron acomodando en un suave resplandor continuo, como una habitación que por fin encuentra su calma.


Entonces Mia recordó lo que siempre hacía con el Oso: doblaba las esquinas una por una, metiéndolas bien para que el calorcito no se escapara. Tomó la neblina suave entre los dedos y dobló una esquina hacia adentro, luego otra, y otra más. La nube se quedó quieta, como si hubiera estado esperando que ella lo intentara.


Mia ahuecó las manos y trató de atrapar una estrella, pero se le escurrió entre los dedos, fresca y rápida como una gota de lluvia. Lo intentó de nuevo — y otra vez — pero las estrellas seguían escapándose, una detrás de otra. Las palmas le hormigueaban de frío, y el cielo seguía lleno de esa luz inquieta e incansable.


La nube llevó a Mia más alto, por encima de las copas de los árboles, hacia la oscuridad fría y profunda. A su alrededor, las estrellas parpadeaban y temblaban, su luz finita titilando con un viento que ella sentía en las mejillas. Ninguna podía quedarse quieta.


Mia dirigió su nube hacia abajo hasta que las ramas del pino le rozaron los pies. Metió los brazos en la neblina suave y extendió un puñado grande y cálido sobre los cervatillos y los búhos dormidos. Un búho pequeñito escondió el pico bajo su ala, y el bosque entero se quedó quieto.


Mia apoyó la palma sobre la nube y sintió que cedía, suave como lana recién salida de la secadora. Jaló, y la neblina se estiró ancha y tibia entre sus manos, brillando como un farol envuelto en una sábana. La nube entera era una manta esperando ser usada.


Mia sacudió su mantita y la dejó caer, girando despacio entre el aire frío. La tela fue a posarse sobre un cervatillo, solo uno, mientras los demás seguían temblando en la oscuridad. No era ni por asomo suficientemente grande.


Mia subió a la nube, y la nube la fue llevando hacia arriba, arriba, hacia el cielo profundo y bañado de luna. Abajo, el bosque se extendía oscuro y frío, y ella pudo ver pequeños animales acurrucados al aire libre, temblando. Se abrazó las rodillas y miró todo ese estremecerse desde las alturas.


Entonces algo llegó flotando hasta el alféizar — una nube, redonda y suave, que brillaba como la luz de una lamparita de noche. Olía a lana tibia y a algo dulce, como el propio sueño. Esperó allí, quieta y paciente como una almohada.


Mia alisó el último rincón del edredón y lo metió con cuidado bajo la barbilla del oso. Tres mantitas, bien arropadas — ni una pizca de frío podría colarse. El cuarto estaba en silencio, y el oso parecía de lo más abrigadito.

para Mia
Una nube, la luna y un dulce buenas noches para todo el mundo.
Una historia de Lumora
impreso para Mia



