

Noah dejó correr el hilo entre sus dedos, y la cometa roja subió hasta quedar apenas como un punto contra todo ese azul. El valle esperaba abajo, verde y ancho y tranquilo como algo que acaba de despertar. El zorro había desaparecido, o quizás nunca había estado del todo. Noah se quedó de pie en la cresta sosteniendo el hilo, y el viento lo sostuvo a él.
Ejemplar único. Tuyo para siempre.
Una historia de Lumora
impreso para Noah
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Noah se impulsó hasta la cima, y el mundo se abrió de par en par bajo sus pies: verde y dorado e increíblemente ancho. No sabía que el valle era tan grande, ni que el cielo podía sentirse tan cerca. La cometa roja descansaba en su mano, quieta y callada, como si ella también necesitara un momento. Algo brilló allá abajo: la entrada del sendero, pequeñita como una semilla, donde había comenzado la mañana.


Los dedos de Noah se cerraron alrededor de la cola roja justo cuando la cometa se inclinaba hacia el cielo abierto más allá del borde. Se quedó suspendido un largo segundo, mitad dentro de la chimenea, mitad afuera, mientras el viento se decidía. Entonces jaló, y la cometa volvió a él de un tirón, como un aliento atrapado. Algo en ese instante se sentía más grande que la cresta, más grande que toda la mañana de subida.


El calor que emanaba de la piedra oscura era su propio tipo de viento: invisible, pero real. Noah apoyó la palma sobre la roca y sintió cómo respiraba hacia arriba. Allí, entre dos paredes de piedra muy juntas, una chimenea angosta partía la cara del acantilado. Noah se encajó dentro y trepó, siguiendo el calor igual que una semilla sigue la luz.


El viento paró de golpe, completamente, como si nunca hubiera existido. Noah se sentó en una roca oscura y observó algo extraño: el calor que subía de la piedra doblaba el aire por encima en una forma lenta y ondulante. No había brisa, pero el aire se movía de todas formas, en silencio, hacia arriba. Quizás las rocas mismas estaban respirando.


Los dedos de Noah estuvieron a punto de rodear la cola, a punto. Un golpe de aire afilado salió disparado desde algún lugar bajo las rocas, y la cometa se soltó de un tirón, como si hubiera tomado una decisión. Subió en una espiral lenta e inclinada, luego se deslizó por encima del paredón de roca y desapareció.


Las semillas del diente de león derivaron a la izquierda, hacia la cresta, y Noah las siguió. Trepó por la grava suelta apoyándose en manos y rodillas, con las piedras escapándose bajo él. El zorro ya estaba arriba, deteniéndose en lo alto para mirar atrás, y allí, enganchada en un arbusto espinoso, estaba la pequeña cometa roja, jalando y temblando contra el cielo.


Noah sostuvo una cabeza de diente de león entre las dos manos y sopló, enviando sus semillas a girar por la cara fría de la roca. El zorro las vio flotar: ni hacia la izquierda ni hacia la derecha, sino enroscándose hacia arriba por un canal escondido en el aire. Algo se movía allá arriba, invisible, igual que un río que corre bajo el hielo. Noah siguió cada semilla con los ojos hasta saber exactamente adónde iba el viento.


Algo lo observaba desde el pasto alto: dos ojos color ámbar y luego un hocico rojo y delgado. El zorro salió despacio, de la misma manera en que una pregunta entra a un cuarto. Ladeó la cabeza mirando a Noah, como si reconociera algo en su manera de trepar. Noah siguió subiendo, y el zorro lo siguió a él, tan cerca como una sombra.


Las flores silvestres le llegaban a Noah por encima de los hombros, y en algún lugar entre ellas las abejas hacían un zumbido suave y continuo que nunca terminaba del todo. Él observó cómo se inclinaban los tallos: primero un grupo, luego el siguiente, cada uno doblándose apenas hacia un lado, como si le mostraran algo. Noah siguió hacia donde apuntaban, deslizándose de costado por el hueco donde el aire corría liso y tranquilo. Las abejas ni siquiera lo sintieron pasar.


Noah miró el sendero de tierra detrás de él y luego la pendiente que tenía por delante. La sombra de la cometa se deslizaba sobre el pasto alto como una mano oscura que señalaba algún lugar. Él se apartó del camino. El suelo se sentía distinto aquí: suelto, empinado y completamente suyo.


Entonces todo cambió. Una ráfaga llegó de la nada, no un viento amable sino algo repentino y salvaje, y el carrete giró tan rápido que Noah no pudo sujetarlo. Vio cómo la pequeña cometa roja trepaba cada vez más alto, hasta quedar como un destello brillante frente a los riscos grises, libre.


El sendero de tierra serpenteaba cuesta arriba entre hierbas del color de la miel vieja, y Noah lo siguió por cada curva. Su cometa roja cabeceaba detrás de él en su hilo, subiendo y bajando como algo vivo. La ladera se abría ancha por todos lados, mucho más ancha de lo que parecía desde abajo. Más adelante, el camino desaparecía tragado por la claridad.


El pasto de la Loma del Viento estaba tan seco que con solo tomar un puñado y lanzarlo al aire, podías saberlo casi todo. Noah pellizcó un mechón y lo soltó, mirando cómo cada brizna atrapaba el fresco aliento de la mañana y se deslizaba de lado. La pequeña cometa roja esperaba junto a él, quieta y paciente como un pensamiento guardado. Algo estaba por llegar, pero todavía no.

para Noah
Una cometa roja, una loma dorada, y todo el valle esperando en la cima.
Una historia de Lumora
impreso para Noah



